En 1993 aparece la World Wide Web. A partir de 1995 comienza su popularización, en un entorno prácticamente sin regulación. Más adelante fue necesario introducir cierto orden, especialmente en aspectos como la contratación de dominios.
Cuatro años después, en 1997, nace Six Degrees, considerada la primera red social. Desaparece en el año 2000, coincidiendo con la caída de las tecnológicas. En 2004, casi de manera accidental, comienza el fenómeno Facebook. Desde entonces, las redes sociales se expanden hasta convertirse en lo que hoy todos conocemos.
En sus inicios se hablaba de democratización del conocimiento: todos podíamos opinar, expresarnos, influir. Cualquier intento de regulación era criticado por quienes defendían una libertad digital absoluta.
Hoy el debate es otro.
Pasamos más tiempo en redes que con nuestras familias. Se habla de adicción en generaciones jóvenes, acceso a contenidos inadecuados, fraude, manipulación, polarización. Facebook, Instagram, TikTok, LinkedIn… han alcanzado un nivel de influencia que supera al de muchas instituciones tradicionales. Y ahora nadie sabe cómo ponerle el cascabel al gato.
Hace apenas tres años empezamos a hablar de las “maravillas” de la inteligencia artificial. Sus defensores hablan de complemento, evolución y progreso. Sus detractores alertan de una progresiva atrofia del talento humano y de una dependencia tecnológica creciente.
La pregunta vuelve a aparecer:
Visto lo sucedido con las tecnologías anteriores, ¿regulamos o no regulamos?
Hace pocos días hemos visto en televisión robots danzando con precisión milimétrica. Podemos imaginarlos fácilmente en una planta industrial operando 24/7/365: ensamblando piezas, soldando, mezclando materiales. Sin bajas laborales. Sin negociación salarial. Sin conflictos internos. Controlados desde una sala por un reducido grupo de ingenieros que, apoyados en sistemas MES e inteligencia artificial, pueden coordinar a una tropa de operarios mecánicos que no cuestionan una sola orden.
Esto no es ciencia ficción. Está a la vuelta de la esquina.
Y, de nuevo, la misma cuestión:
¿Regulamos o no regulamos?
El poder de regular lo tiene una parte del sistema. Mientras la sociedad debate, unos a favor, otros en contra, los gobiernos deciden. O no.


